Cuentos africanos para dormir el miedo

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“Cuentos Africanos para dormir el miedo.”
Autor: Ernesto R. Abad
Editorial: Diego Pun Ediciones 2013

Dormimos los miedos cuando narramos una historia. El temor a los monstruos, a las fieras, a lo desconocido, a la selva inexplorada, a la duda interior, al mar de incertidumbres, encuentran sosiego cuando las palabras acarician los oídos.
Cuentos africanos para dormir el miedo supone una propuesta poética y social, mítica y actual a un tiempo, para adentrarnos en las entrañas del continente africano. Desde las cálidas tierras del Sáhara a las selvas y la sabana, estos cuentos nos harán sentir el corazón de África. Como una denuncia, una aventura, una súplica o un sueño inalcanzable el continente nos habla con la voz de su gente, con sus cantos y sus cuentos.
Noches oscuras, ríos e hipopótamos, chozas de paja y ramas, brujos y guerreros, la luna de África y la mujermadera, el monstruo calabaza y el baobab gigante volverán a encender la llama de nuestra imaginación.
Ahora sus personajes se tornan héroes de la emigración y el desarraigo, Orisandra, Babakar o Hai nos muestran una imagen contemporánea de África, confirmando así que el presente es un excelente combustible para la imaginación y que, no pocas veces, la realidad supera la ficción.

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El último Baobab

“Ya nadie creía en las antiguas leyendas. Los narradores que se sentaban bajo el baobab a deshilvanar largas historias protegidos por estrellas se habían ido cuando llegó la arena.
Las palabras estaban calladas.
Ya nadie creía en un cielo protector.
África era una enorme sábana amarilla. La arena, grano a grano, había construido un gran desierto. Interminable.
Nadie se percató, o nadie quiso darse cuenta.
La desolación se extendió en silencio.
Del sur llegó la arena.
Ocurrió cuando los glaciares se desvanecieron en una queja interminable, cuando los osos y las ballenas se convirtieron en un recuerdo, cuando las águilas perdieron el rumbo.

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El cielo, cansado de la torpeza de la humanidad, se refugió en otro cielo, más lejano.
Huyó.
Ya no podía proteger a la tierra.
El viejo había visto marchar a los más jóvenes hacia el norte, a los débiles hacia la oscuridad.
Sintió una nostalgia lejana invadirlo lentamente.
El viejo narrador, bajo el último baobab, contó una leyenda antigua.
En ella anhelaba del nacimiento de las estrellas, de la luz, del mundo…, pero ya no había nadie dispuesto a escuchar a un viejo cuentero.
Miró alrededor buscando algún oído. África, río amarillo, estaba rodeada de silencio. Buscó una estrella perdida, en el cielo solo había oscuridad.
El viejo apoyó la espalda cansada en el tronco dolorido del baobab. Corteza contra corteza.
Agrietada piel, alma dolorida.
El árbol de la vida se estremeció.
El viento se frotaba contra la arena calcinada.
Tenía que partir. Sabía que todo se acababa. El último baobab y la última voz de África se irían juntos.
Abrió el puño. Tembloroso contempló la diminuta semilla que había guardado tanto tiempo.
La semilla de la esperanza.
Miró al árbol. Era el momento. La partida no se podía retrasar.
Apartó la arena hasta llegar a la tierra.
Volcó la mano y por la línea de la vida rodó la semilla hasta encontrar el hueco.
El Baobab había abierto la corteza y del oculto corazón manó el agua milagrosa.
El árbol era la vida.
El viejo volvió a hacer crecer baobabs grandiosos como gigantes que besaban a las nubes. Ahora sobre las oficinas, en los tejados, sobre las avenidas y los trenes; en los aleros, sobre negocios, bancos y ministerios crecen enredaderas de colores. Bajo ellas está oculta la destrucción como un recuerdo doloroso.”